LA AUTENTICIDAD DE SENTIRSE HUMANO

diciembre 22, 2015 at 3:05 am Deja un comentario

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Hay veces que un solo gesto puede hacernos cambiar la perspectiva. Quizá una pregunta, una anécdota recordada o, simplemente, una mirada basta para que caigamos de pronto en una dimensión de la que apenas somos conscientes… Nuestro propio interior. Ay, Dios, cuánto almacenamos sin procesar, como si ahí dentro guardado estuviéramos de algún modo protegidos con corazas que creamos para que las cosas no duelan. Y lo que digo, que hay instantes que, sin saber cómo ni por qué, te lanzan directo al fondo de ti mismo y te encuentras sin querer descubriendo qué te duele y cuánto. Eso me pasó hace unos días y aún trato de recordar qué salió de dentro de mí, qué fue lo que verbalicé en aquella charla en la que sé que me destripé siendo yo misma, ante la atenta mirada de los alumnos del Instituto de Educación Secundaria «Los Alcores», en San Miguel de Salinas (Alicante).

El equipo docente había organizado la mañana en grupos, porque sus edades obligan a variar la intensidad y la profundidad de los contenidos al hablar de un tema tan complejo como es el triángulo Muro-Minas-Víctimas en el Sahara Occidental. Tres charlas con grupos de unos 200 alumnos cada una, en una sala presidida por la exposición «Escucha el silencio», de mi compañero Joaquín Tornero. Siempre con la mente puesta en que es un instituto poco habitual, donde se siente y se palpa una mezcla extraña entre convicción y decepción, porque hace 5 años recibieron una carga de profundidad que dañó su línea de flotación. Les falta desde entonces una alumna muy querida, la misma que les introdujo en la problemática de su pueblo, la que les enseñó que la solidaridad no es caridad y que de la formación surge la única posibilidad de solución. Koria Badbad Hafed, estudiante saharaui de 2º de Bachillerato, que un día no regresó de los campamentos y dejó un vacío inexplicable que, al mismo tiempo, ponía en cuestión muchas de las premisas que durante años los alumnos de este instituto defendieron junto a ella en favor de los Derechos del pueblo saharaui.

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Fue en la primera de las tres charlas -ésta con los grupos de los cursos de 1º y 2º de la ESO y los de Formación Profesional-, en la que los alumnos marcaron el ritmo, expresando sus preguntas mientras les iba contando. Impactados, cómo no, al conocer la existencia del Muro Marroquí en el Sahara Occidental, la problemática de las minas y otros restos explosivos de guerra dispersos por el territorio, así como al ver que las víctimas no son fotografías de distintas situaciones de sufrimiento, sino que son personas, con nombres y apellidos, con vidas rotas, sueños truncados y un saco de buenas intenciones, que se plasman en su participación en el proyecto «Dales Voz a Las Víctimas» para contribuir con su ejemplo a la sensibilización sobre el riesgo, los peligros y las consecuencias de estas armas prohibidas. Aprendieron un poco más sobre el Sahara, sus costumbres, situaciones y la interacción con esta realidad que amenaza permanentemente sus vidas. Es fascinante ver cómo las mentes de jóvenes de entre 11 y 13 años profundizan en detalles que solemos pasar por alto y escuchar cómo sus preguntas se dirigían directas a la búsqueda de soluciones, no tanto al detalle del problema, que les resultaba obvio a la vista de las imágenes que tenían rodeándoles. Quisieron saber cómo se ponen y cómo se quitan las minas, quién se encarga o quién debe responsabilizarse de cuidar, atender y ofrecer oportunidades de inserción socio-laboral a las víctimas y a sus familias… Dimensionaron entonces de otra manera la violencia que envuelve a diario sus vidas, los juegos de matar y sumar puntos, sin referencia alguna a lo que la muerte implica. «Queremos ayudar, colaborar, que sientan que les hemos conocido, expresarles de algún modo que no están solos y que contribuiremos a la lucha por la erradicación de las minas». Esa fue su conclusión y yo, qué puedo decir, me quedé muda y agradecida.

Ya estaba el segundo grupo allí, 3º y 4º de la ESO. Rompieron en aplausos al terminar de ver el vídeo de introducción a la charla, que les deja imágenes que permanecen en el subconsciente y a las que se vuelve siempre cuando hablamos de ellas. Me escuchaban en silencio absoluto, con miradas que, no sé cómo, me hicieron cambiar la perspectiva. Fue ahí cuando me olvidé de dónde estaba, cuando alguna fuerza que desconozco me hizo abrir compartimentos que tenía cerrados a cal y canto sin saberlo. Fue todo en uno. Les hablaba de cuánto confío en la juventud unida, sin nacionalidades ni colores políticos, sólo en su capacidad de innovación y de adaptación a los tiempos, con ese espíritu inquieto, curioso, valiente y hasta arrogante que imprime a cualquier acción vitalidad y cierta insensatez, necesaria también para abordar intentos nuevos y adentrarse en terrenos poco o nada explorados. Y me desarmé, porque me cayó encima la realidad de lo que me duele confesar que tengo sentimientos, que soy humana, y que todo lo vivido con las víctimas, en esas largas conversaciones en las que logramos establecer un vínculo de confianza y empatía difícil de explicar, me lo había tragado hacia adentro y permití sólo que saliera su realidad sin analizar cómo me afecta ni cuánto.

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En ese momento, sin darme cuenta, me estaba reconociendo a mí misma cómo traté de levantar corazas inservibles que impidieran que abordara esta temática, que es parte de mi trabajo, desde una perspectiva personal. Pero lo cierto es que es ahí dentro donde almaceno la humanidad de toda esta cuestión, donde guardaba los cimientos que permiten construir una realidad desde la perspectiva más compleja, la vida humana, esa misma que las minas destruyen no sólo amputando extremidades o matando, sino hiriendo en lo profundo del orgullo y de la dignidad de las víctimas, que no pueden impedir esa sensación que nace de la mezcla de infinidad de sentimientos que conforman un laberinto que ni ellos mismos saben explicar, arrastrando secuelas psicológicas que nadie tiene en cuenta. Nunca me senté conmigo misma a analizar cómo procesa mi mente todo ese dolor que me transmitieron, ni la fuerza y el coraje con que son capaces de enfrentar su nueva condición de víctima, con las mil y una dificultades que conlleva. Nunca te pregunté a ti, compa, ahora que soy capaz de ver cuánto cambiaron y evolucionaron también tus fotos, al retratar la esencia de cada uno de nuestros protagonistas desde esa complicidad que permite que sean tan auténticos.

Tampoco nunca te dije que me siento profundamente orgullosa de que juntos hayamos sido capaces de pelear contra cuantos no entienden que esto es humanidad, no política. Que hayamos logrado que esos alumnos llorasen escuchando que la crueldad no está sólo en una explosión, sino en la indiferencia, en el olvido, en la falta de manos sinceras que tiren de ellos hacia el exterior y en la dificultad de solución. Que no estamos tan solos, que están ellos y ellas, compa, que son nuestro motor y nuestra gasolina, junto con cuantos nos ayudan a su manera en nuestro recorrido. ¡Qué habría sido de nosotros sin Javi, Sagrario, Serly, Jaime, Yslem, Hugo, Chino, Bachir, Ahmed, Cris, Hamadi, Mohammad, Rosario, Olivia, Gabi, entre otros. ¡Qué habría sido de nosotros sin Chejmami, sin Muna, sin Daha, sin tantos…! Cómo te explico lo que sentí cuando uno de los alumnos mayores me dio las gracias y te mandó un abrazo de los de verdad, diciendo que nosotros habíamos conseguido que ellos no vieran una vez más meras imágenes de sufrimiento, sino que fueran capaces de adentrarse en la mirada de víctimas reconocibles, protagonistas no anónimos que transmiten soledad, dolor, coraje y determinación, con una vida por delante y unos sueños por cumplir, y que les dan ganas de abordar iniciativas que permitan una colaboración estable y permanente… ¿Cómo te puedo explicar todo eso?

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Me sorprendí diciéndoles que ellos son el futuro, que tienen en sus manos la posibilidad de hacer de este mundo algo mejor, humano al fin si acaso ellos son capaces de recuperar los valores y la esencia que nos hace ser quienes somos. Por primera vez, compa, sentí que les transmití lo que siempre quisimos, lo que vivimos con el alma desnuda ante las víctimas, con ese nudo en la garganta y la piel de gallina, conteniendo lágrimas y aprendiendo a creer en un destino que siempre abre opciones para ser mejores. De estos alumnos de Secundaria y Bachillerato que compartieron conmigo la mañana, los mismos que destinaron una silla para Koria en primera fila y que son de distintas nacionalidades e ideologías, aprendí que la constancia, la sinceridad, la humildad y la tolerancia son virtudes necesarias para ser auténticos y nosotros, compa, a pesar de todos los pesares, lo somos. Te eché de menos, pero estabas, como nuestros protagonistas, a quienes damos voz de verdad y por quienes tenemos una razón de ser, que contribuya, de algún modo, a terminar con esta lacra de minas que ponen en peligro tantas vidas. Gracias a todos los que, al escucharnos, hacen posible que sensibilizar sobre todo este drama tenga sentido.

© Elisa Pavón

Fotografías © Joaquin Tornero / DVALV

 

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